lunes, 7 de noviembre de 2011

El pilar de la sociedad


Al comenzar este ensayo no sabía cuál de los dos temas elegir, pero a medida que he ido pensando y dándole vueltas, me he dado cuenta de que los dos temas están íntimamente relacionados. Para que se dé la familia es necesario el amor y sexo, entre otras cosas.

Quizá nos hayamos dado cuenta de que actualmente estos términos están demasiado manoseados y han perdido cierto valor del que en realidad poseen.
El amor abarca mucho más, al fin y al cabo el hombre ha sido creado para amar, y ¿qué sería un amor rebajado?

No cabe duda de que la sociedad actual dispone de gran cantidad de valores, aunque muchas veces algunos de ellos sean mirados con recelo o contemplados como un bonito concepto más que como una meta o un objetivo que conseguir.

Nadie pone en duda, tampoco, que nuestra sociedad tiene una serie de pilares sobre los que se apoya, sostiene y construye el futuro. Pilares en los que nacen los valores que la sociedad encarna, la familia. Donde cada uno es querido por ser quien es, “para ponerse al servicio de aquella persona única con la que se ha decidido ser una sola carne” Alejandro Llano. Precisamente por este compartir virtudes, por ese afán de dar lo mejor de uno mismo, par que los demás sean mejores, de forma totalmente desinteresada, la familia es la cuna de los valores.
Como he dicho al comenzar este ensayo, la palabra amor se ha manoseado demasiado, al igual que el sexo, y solo se mira al amor como el acto y no como lo que realmente conlleva, ya como dice el autor anteriormente citado “vivir el amor requiere el ejercicio de todas la virtudes” ya que sería imposible un amor sin entrega, sin generosidad, sin paciencia…esto es un ejercicio que recae tanto entre el amor marido y mujer, como en el de los padres e hijos.

Es en el ámbito de la familia donde se explotan grandes virtudes: la generosidad, el cariño, el sacrificio, la fidelidad, la sinceridad, la autenticidad... Virtudes que se viven por amor.
Por un amor sencillo y, a su vez, fuerte y noble.
El problema de hoy en día reside en que pocas personas están dispuestas a sacrificar su libertad por amor. El matrimonio es visto como una jaula, como una barrera y desde esta perspectiva egoísta es imposible que los valores crezcan. Las parejas huyen del sacrificio y cuanto menos sufren, más amor creen respirar, algo erróneo ya que ese sufrimiento, ese darse es lo que hace olvidarse de uno mismo y preocuparse constantemente por el otro. 





Esa inestabilidad, esos cimientos tan poco sólidos son la consecuencia de tantos matrimonios y noviazgos rotos, especialmente en los últimos años.
Puede que la cultura del hedonismo, que está tan presente en nuestros días, tome parte en esto. Puede que ese afán de libertad sin límites que los medios de comunicación proclaman haya hecho mella en nosotros. Hemos olvidado que nuestra libertad termina cuando empieza la del otro y que el sufrimiento es una realidad por la que hay todas las personas pasan, aunque ninguna -lógicamente- quiera hacerlo. 

Queremos vivir anestesiados del dolor y, cuando comenzamos a sentir algo, lo echamos todo a perder. Sufrir porque sí no tiene sentido. Sufrir por amor, sí. Eso hemos olvidado. Pero aún así el amor, la familia y el sexo seguirán teniendo el valor y el significado real que hace crecer al hombre y e lleva al camino de la felicidad. Todo ello lo abarca la familia, donde uno aprende y le ayudan a crecer.

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